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En esta página haremos referencia a los diferentes calendarios utilizados por el hombre, a través de la historia de la humanidad. Si bien no publicaremos la información cronológicamente, iremos dando datos progresivamente. 1) Inconvenientes de los Calendarios Lunares Estos fueron los primeros que la humanidad utilizó, debido a que mediante la observación directa, podemos apreciar las diversas fases y son más fáciles de recordar cada ciclo. Considerar cada fase, nos concede la posibilidad de detectar en que parte del mes lunar estamos, cosa muy complicada con el Sol, ya que demanda observaciones más espinosas, pues el año solar es de 365,24219879 días.
El inconveniente más obvio de los Calendarios Lunares, es establecer a priori cuanto dura un mes y por ende, un día. Y, ¿cuántos días son un mes? Luego lograr con estos datos, coincidir con los equinoccios y solsticios para —en conclusión— saber cuántos meses tiene un año.
A lo anterior, se agrega que los períodos sinódicos (derivado del griego “synodos”: encuentro) o sea los ciclos de las lunaciones o fases intermedias, no corresponden con un número perfecto de días, porque desde el momento en que ocurre una Luna Nueva, hasta que se completa este ciclo, transcurren 29 días, 12 horas, 44 minutos y 2,9 segundos.
Vale decir que las culturas agrícolas apreciaron muy pronto la importancia de las estaciones y éstas, no encajan con las lunaciones, puesto que el año solar dividido por éstas, se ajusta a 12,368267 meses. Dado que no es una cifra entera, resulta dispendioso realizar los ajustes o correcciones.
He pasado varios años investigando sobre este tema. Durante este largo período, he tropezado con diversas opiniones de “expertos” en algunos calendarios especializados. Entre ellos surgió el referente al Calendario Maya. Sobre éste, les adelanto detalles: El Calendario mexica, conocido como haab por los mayas y xiupohualli por las culturas náhuatl es un apelativo improcedente del sistema de medición de tiempo aplicado por las poblaciones Mesoamericanas. Este sistema fue concebido por los olmecas hace alrededor de 35 siglos, y heredado mas tarde por etnias de Mesoamérica, englobando a los zapotecas, méxicas y mayas. Es necesario dejar sentado que en toda predicción existe una inmensa dosis de especulación. Cuando el médico diagnostica una enfermedad terminal, nunca cuenta con la voluntad o creencias del paciente. Si éste, ha sido educado en una sociedad que le tiene horror a las enfermedades, es probable que le crea al médico y se muera. Dice Christian Morales Cielo en Facebook, lo siguiente: “Según el Calendario del Largo Conteo Maya, el 21 de diciembre de 2012 es el fin de esta civilización humana. Los seres humanos entrarán en una nueva civilización, la cual no tiene ninguna relación con la presente. La gente maya no mencionó la causa. Una cosa es clara: el último día no significará el arribo de ninguna calamidad; en vez de esto, implica una completa nueva conciencia cósmica y una transición espiritual hacia la nueva civilización". Aquí estamos viendo otra interpretación de las “supuestas” predicciones mayas. Seguramente mucho más aterrizada y coherente de la inmensa mayoría. En general, éstas solo se detienen para anunciar desastres, de los cuales ellos, como autoelegidos, son los únicos que conocen el antídoto y nos lo venderán a precio accesible, para que podamos ser quienes trasciendan las calamidades anunciadas. Más adelante Christian Morales continúa diciendo: “Quizás debido a su sabiduría única otorgada por su conciencia cósmica, los mayas tenían su propio sistema de cultivación o elevación espiritual. Los mayas desaparecieron en la cúspide de su civilización. La gente de tiempos posteriores no fue capaz de descifrar la razón, incluso luego de exhaustivos análisis. O sea que, tal como lo señala este investigador del Calendario Maya, nos quedan claros varios conceptos: 1) La gente de tiempos posteriores no fue capaz de descifrar la razón, incluso luego de exhaustivos análisis. 2) Los españoles destruyeron la mayoría de los documentos escritos por esa civilización y 3) Los tres libros que permanecieron no son suficientes para decodificar su cultura. No obstante vemos como aparecen con frecuencia pronosticadores de profecías mayas. ¿Como lo lograron? Seguramente deben pertenecer a esa clase de “elegidos de los Dioses” que recibieron el toque celestial oportuno para saber lo que todos ignoramos. “El juego del Encantamiento del Sueño fue elaborado por José Argüelles en los últimos años de la década de los 80s y principios de los 90s, y fue otorgado poco tiempo después en calidad de regalo a la humanidad. El tiraje fue de 10,000 juegos en inglés y 12,000 en español, distribuidos en el periodo 1991- 1992. Para la edición en español del juego, se contó con el apoyo de Acción Guardiana Internacional (bajo el liderazgo internacional de Tuella) y específicamente con el trabajo de Lourdes Miranda en Monterrey, México.” Vale decir que el Calendario Maya que nos venden en los últimos años ¿fue creado en la década de los 80’s? Sigamos con la página mencionada, pues lo que sigue es interesante: “Pero, ¿qué significa “encantamiento”, y más exactamente, “Encantamiento del Sueño”? José Argüelles explica que este término le vino a la mente después de un sueño que tuvo en 1990. En una primera parte de ese sueño, él sabía que estaba en un momento del tiempo, quizás hace unos 13,000 años”. Nada personal tengo en contra de los sueños y respeto profundamente el mundo onírico. Sin embargo, aceptar sin chistar que este retroceso en el tiempo es real, que no pertenece al mundo de las ilusiones y que no tiene pretensiones comerciales, es un tanto aventurado. Piedra del Sol. A manera de curiosidad, señalemos que existe una correspondencia bastante efectiva entre el calendario méxica y el gregoriano, por lo que convertir fechas es factible. Como ejemplo digamos que el 21 de marzo del 2009, en el calendario méxica será el día “Matlactliomei Itzcuintli” del año “Matlactli Calli”. Era un calendario lunar que coincidía de manera parcial con las estaciones. Este procesamiento de datos correspondía al Calendario de Rómulo y se supone que se usaba desde el Año 753 A.C.
Los meses fueron nombrados como hoy los conocemos, como homenaje a los dioses del panteón romano. Estos son Martius, en homenaje a Marte, el patrón de los romanos de 31 días; Aprilis dedicado a Apolo de 30; Majus, en homenaje a Júpiter de 31; Junius, por la Diosa Juno de 30, Quintilis, —a partir del sexto mes se denominaron con el número de orden correspondiente— aunque posteriormente este período se llamó Julius, por Julio Cesar de 31; continuando con Sextilis de 30, September de 30; October de 31; November de 30 y December también de 30, sumando en total 304 días. Como sabemos, los 304 días del año no se pueden acomodar a los 354 días de doce lunaciones ni a los 365 del año solar.
Muchos siglos después, se hizo inservible fijar fechas con el citado calendario. Debido a ello, el rey Numa Pompilio, fundamentándose en el calendario griego, mejoró el sistema convirtiéndolo en un periodo de 354 ó 355 días, es decir, de 12 lunaciones. Se aumentaron dos meses más al final: Ianuarius, dedicado a Jano y Februarius, derivado de februare, que significa, purificar, y que estaba dedicado a Plutón. Cada uno se componía de 28 días, aunque posteriormente se añadió un día más a enero.
Todas las posteriores modificaciones, rectificaciones y adaptaciones civiles, provocó un desfase de más de tres meses, respecto a las estaciones, de tal manera que cuando comenzaba el Solsticio de Verano, el Calendario indicaba el Equinoccio de Otoño.
A causa de esta confusión Julio Cesar (102-44 A.C.), asesorado por el matemático y astrónomo Sosígenes de Alejandría, ordenó llevar a cabo una reforma del calendario, utilizando como base el calendario solar egipcio, cuya antigüedad se remontaba al 4.000 A.C., y con ello se corrigieron los errores que se originaban con el lunar.
Éste, separó el año civil del año lunar, estableció la duración del año (estrictamente solar) en 365,25 días, insertando un día suplementario en febrero cada cuatro años —bis sextus dies ante calendas Martii: el sexto día antes de las calendas de marzo—, es decir, haciendo bisiestos todos los años cuyo número es divisible por cuatro. Así se atestiguaba que los meses del año seguían el ritmo de las estaciones. Finalmente, cambió el primer día del año estableciéndolo en el primer plenilunio posterior al solsticio de invierno. El primer mes del año Juliano pasó a ser Ianuarius y el último December. Posteriormente —como mencionamos antes— los meses Quintilis y Sextilis pasaron a ser denominados Iulius y Augustus en recordación de los emperadores Julio Cesar y Augusto.
Volver al Principio El año juliano contenía 11 minutos y 14 segundos más que el año solar. La discrepancia se aumentó hasta que alrededor de 1582 el equinoccio de primavera se produjo 10 días antes. Esto originó que las fiestas religiosas no coincidieran con las estaciones. Para corregir este error y lograr que el equinoccio de primavera se originara próximo al 21 de marzo, como se produjo en el 325 d.C., año del primer Concilio de Nicea, el papa Gregorio XIII promulgó un decreto excluyendo 10 días del calendario. Para eliminar la posibilidad de incurrir nuevamente en este error, instituyó el calendario que lleva su nombre. El gregoriano —como es conocido— dispone que cada siglo divisible por 4, será año bisiesto y el resto, no lo será. El año 2.000 fue un año bisiesto, pero no habrá un día adicional en el año 2.100, ni 2.200, ni 2.300. El gregoriano recibe también el apelativo de cristiano, porque contempla el nacimiento de Cristo como arranque de lo que también conocemos como la Era de Piscis, siendo éste símbolo que identificaba a los seguidores de la doctrina de Jesús. Los períodos de la Era cristiana son distinguidos con las siglas d.C. (después de Cristo) y a.C. (antes de Cristo).
En el mundo cristiano predomina la idea que Jesucristo nació el 25 de diciembre del año 1 a.C. a las 0 horas, pero existen diferentes versiones que sitúan este acontecimiento, en el año 6 a.C. y otros que aseguran que ocurrió el cuarto año de la era actual.
Este calendario no fue aceptado universalmente. De manera paulatina comenzó a acogerse en Europa hasta que, en nuestros días, es utilizado en casi todo occidente y algunas regiones asiáticas. Los soviéticos aceptaron el calendario gregoriano en 1918. Los griegos en 1923.
Debido a que el Calendario gregoriano aun contempla meses de duración diversa, se han formulado muchas propuestas para reformarlo y que permita que los días de la semana coincidan y hacerlo así más práctico, pero no ha sido posible desarrollarlo eficientemente.
Volver al Principio Cuando llegaron los colonizadores de España, era frecuente encontrar que los nativos medían el paso del tiempo a través de un elaborado calendario. Se conocen vestigios de su presencia entre culturas tan antiguas como los huastecos, mayas, otomíes, nahuas, tarascos y los de regiones ubicadas más al sur de Centroamérica. Estos calendarios, con ligeras variantes dependiendo de cada una de las civilizaciones, eran similares. El sistema de cálculo que empleaban era con base vigesimal. Se fue desarrollando paralelamente con la escritura. Esto estaba orientado a profundizar en los conocimientos científicos y su estrecha relación con el movimiento planetario, al mismo tiempo que atendían las necesidades de la comunidad, así como las consecuencias políticas y económicas de todas las culturas prehispánicas.
Eran cultores y muy versados en la Astrología, disciplina que contribuía no solo a predecir las cosechas o períodos de siembra, sino que anunciaban todo acontecimiento de importancia para la comunidad. Por otra parte, el Calendario los trasladaba al pasado legendario, convirtiéndose en una especie de “máquina del tiempo”, que les permitía entender su historia y procedencia ancestral.
Les permitía organizar los períodos en que debería reinar cada uno de sus soberanos, así como situar los rituales dependiendo de las estaciones, períodos fértiles o calamidades, tanto en el campo comercial, como en el agrícola. También imponía los nombres de cada uno de sus pueblos, de sus habitantes y prevenía enfermedades con la anticipación adecuada.
El que nos han legado con mayor antigüedad, es el Calendario Sagrado de 260 días. Era el de vital importancia para la vida comunitaria. Prácticamente todas las culturas Mesoaméricanas lo utilizaron. “Piye”, le llamaron los zapotecos, “tzolkin” los mayas y “tonalpohualli”, los nahuas. Este, como indicamos antes, era sobre el que se fundamentaron otros más acabados, como veremos más adelante en las culturas maya y azteca.
Volver al Principio Las civilizaciones fueron desarrollando sistemas de medición del tiempo, a través del paso de la Luna. Estos calendarios surgen en las civilizaciones que poblaron los valles de los ríos Éufrates y Tigris, en la Mesopotamia. Los directores espirituales sumerios y babilonios, establecieron un sistema de medición basados en ciclos de 29 días y medio, espacio que comprobaron transcurría entre cada Luna Nueva. Este lapso, fragmentaba el año en doce Lunas Nuevas, lo que sumaba un total de 354 días. La diferencia entre el movimiento de traslación terrestre sobre su órbita alrededor del Sol, equivalente a 365,24219 días, con el de la Luna, no coincidían, pues la verdadera separación entre cada lunación, es de 29 días, 12 horas, 44 minutos y 2,9 segundos.
Estas ligeras discrepancias observándolas en cortos períodos, no eran significativas, pero con el paso de los años, se producía una notable diferencia entre las estaciones y los ciclos lunares. Era necesario entonces corregir esta incompatibilidad entre los rituales agrícolas y las estaciones, por lo que los sacerdotes añadían algunos días que equilibraran los ciclos astronómicos.
Pasado un largo período de observación celeste, los guías espirituales, establecieron un sistema, mediante el cual se incluían siete meses, que eran repartidos en lapsos de 19 años. Así lograban que coincidieran tanto los meses como los años.
Culturas posteriores establecieron cambios importantes en sus sistemas de medición del tiempo, pero tanto a musulmanes como a hebreos, le sirvió de base el legado por los babilonios. Los descendientes de David, implantaron la semana de siete días, que corresponde aproximadamente a una cuarta parte de la lunación. Por su lado, los seguidores del profeta Mahoma, desecharon estos ajustes y permanecen utilizando un calendario únicamente lunar.Volver al Principio El hombre en la antigüedad, descubrió la importancia de un acontecimiento, mediante el cual, pudo comprender que existía un orden Universal, tanto desde lo terrestre, como de lo celeste. Hubo una época en que una estrella aparecía al amanecer en el horizonte oriental, a la que llamó Sirio. La comparó con el ladrido del perro, porque anunciaba la llegada de algo o alguien especial. El suceso que citamos, correspondía con las inundaciones del río Nilo. Esto era más que significativo porque, este río atraviesa un desierto, árido y hostil. Esta época de desbordamiento, cubría —al retirarse las aguas— las riberas de sedimentos, fertilizándolas de tal manera que permitía sembrar y obtener abundantes cosechas a corto plazo.
Para entonces, este observador fue notando que esto ocurría siempre en las mismas épocas del año, de la misma manera en que acaecían las sequías o el repliegue de las aguas. El período de inundación o crecida, duraba tres meses, entre junio y septiembre (solsticio de verano); cuando las aguas volvían a sus cauces y mantenía húmedas las riberas a partir de octubre (equinoccio de otoño), que duraba hasta marzo, cuando comenzaba la sequía que permanecía hasta junio, cuando volvía a reanudarse el ciclo.
Por lo descripto anteriormente, los hombres de la antigüedad descubrieron las estaciones, aunque en principio daba importancia a tres únicamente. Además, fueron ellos los que hicieron la contribución más importante a lo largo de la historia: el Calendario Solar derivado del movimiento terrestre alrededor del Sol, que dura 365 días. Elaboraron entonces, un calendario muy atinado, que comenzó a ser utilizado en el año 3.000 anterior a nuestros días. Estaba orientado a predecir con criterio celeste y respetando el orden universal en que estaba inmerso, los ciclos de siembra y cosecha, vital para su supervivencia en el inhóspito territorio que habitaban. Sumado a este conocimiento, concluyeron por dividir el año en doce meses, de 30 días cada uno, complementado por el desplazamiento lunar.
Partiendo entonces de la importancia que tenían para ellos las inundaciones, establecieron el Año Nuevo en el momento en que Sirio, la estrella de mayor magnitud celeste aparecía pocos instantes antes de la alborada. La estrella indicaba que se había terminado la primavera y que la tan aguardada inundación, estaba lista para fertilizar sus campos.
Más tarde pretendieron ajustar el ciclo anual de la Luna con la presencia de Sirio en el oriente y para ello, agregaron cinco días al intervalo anual. Los sacerdotes egipcios (astrólogos y astrónomos reales), expresaron la necesidad de incluir un día cada cuatro años, para que se acomodara aún más, con el ciclo solar. Esto no tuvo el trofeo esperado, por lo que se convirtió en una medida momentánea.
Pero, tal vez la medida más importante que surgió de las indagaciones del entorno zodiacal, fue fraccionar el día y la noche en 12 porciones cada una. La doceava parte de este espacio, se descomponía entre la aparición y el ocaso del Sol o a la inversa; esto implica que la duración de cada hora dependería de la estación del año, ya que como sabemos, durante el invierno los días se acortan, resultando al contrario en verano.
Volver al Principio Mencionemos, en primera instancia, a Denys un monje ortodoxo y estudioso de las estrellas, quien nació en Ecítia, población rumana que se caracterizaba por su interés por el cristianismo, fallecido alrededor del 540 d.C., más conocido como Dionisius Exiguus o Dionisio el Pequeño. Fue quien estipuló en el año 532 d.C., el inicio de nuestra era, estableciendo que el nacimiento de Jesucristo había ocurrido el 25 de diciembre del año 753, de la fundación de Roma. Lo hizo compendiando unas listas de fechas para las festividades pascuales ajustado al Calendario Diocleciano, a instancias del papa Juan I. Abandonando a partir de entonces, el sistema que se utilizaba y que había sido fijado por Marcos Terencio Varrón Lúculo —adscrito a la guardia pretoriana de Pompeyo, nombrado como director de las primeras bibliotecas públicas por Julio César, quien se destacó por su vasta cultura y sus obras literarias— quien, en el año 49 a.C. había establecido el principio del Calendario Romano a partir de la fundación de Roma, por el legendario Rómulo. Fue así que Dionisio el Exiguo instituyó el primero de enero del año 754 (romano), como el primer día de nuestra era (que él llama «anni ab incarnatione domini»): 1 de enero del año 1 d.C. o el primer día del año siguiente a la natividad de Cristo. , o sea, una semana posterior al nacimiento.
Se sabe de larga data, que este suceso no ocurrió el 25 de diciembre, sino que —por conveniencia— se aceptó este día. Fue admitido así, porque además en el Siglo IV, permitía que coincidieran las saturnales, antiguas celebraciones romanas en el solsticio de invierno (la fiesta del Sol Invictus) y sustituirlas por la Navidad.
Por otra parte, los cálculos realizados por Dionisio en Pequeño (apodo referente a su corta estatura), no son confiables, pues existe una diferencia de cuatro a siete años con la fecha correcta. Si tomamos como base el censo de Cesar Augusto, realizado entre el 8 y el 6 a.C. y la muerte del Rey Herodes I, en el 750, tal como lo señala en sus manifiestos el historiador religioso Eusebio, de San Lucas y de Josefo, judío ilustre, quienes proporcionan datos más exactos sobre la muerte de Herodes I.
Ellos señalan que la muerte del Rey aconteció un momento después del eclipse del 13 de marzo del año 4 a.C. y días antes de la Pascua Judía. Tomando estos datos como referencia, el final del milenio se hubiera celebrado entre los años 1993 al año 1996, con lo cual se corrobora algunas versiones sobre el nacimiento de Cristo ocurrido entre el año 7 ó 6 a.C.
Volver al Principio Algunos historiadores aseguran que Diocleciano es hijo de un esclavo que recuperó la libertad. Nació en Dalmacia, de origen humilde y su padre, procedía de Iliria. En la adolescencia, se enroló en el ejército de Roma y participó en inacabables misiones en la Galia, luchando contra los persas y recorriendo la línea divisoria originada por el Río Danubio. Se convirtió en servidor del Dios Yemo, incorporado al panteón de Dioses indoeuropeos, pero a pesar de su relevancia y reconocimiento por sus logros militares, nunca pudo imponer su culto en la pagana Romano—cristiana. Con los emperadores Aureliano y Senicus, adelantó una sorprendente carrera y Alano —carnicero que disfrutaba atacando o hiriendo a la gente que pasaba— lo convirtió en jefe de su guardia personal. Culminó asesinando a su superior y las tropas que le eran fieles, lo eligieron como emperador en Nicomedia, ciudad asiática que vio surgir de la más incomprensible pobreza a un hombre que se coronaría con el máximo de los poderes, el 20 de noviembre del año 284.
Durante su regencia, Diocleciano estableció una medición del tiempo, en un punto medio entre el Calendario Romano y el actual.
A pesar que el Emperador logró la recuperación del comercio, la artesanía, la agricultura y puso en marcha una reforma administrativa imperial, dividiendo sus feudos en 96 jurisdicciones, las cuales se aglutinaban en 12 diócesis, que también realizó una reestructuración militar, significativos cambios fiscales y monetarios, que revitalizó la religión romana y llevó a cabo la represión más violenta a los cristianos, su reforma al Calendario, no llegó a prosperar.
Volver al Principio En los albores de la antigua Roma se empleaba un calendario lunar de 10 meses, cuatro con 30 días (marzo, mayo, julio y octubre) y seis con 31 días (abril, junio, agosto, septiembre, noviembre y diciembre). Como el período de 304 días no forma ni un año solar ni lunar, se le aumentaban cada vez más días para ir de manera paralela con las estaciones. En el año VIII a.C. se sumaron 2 meses, agregando enero y febrero, completando un total de 12. Hasta hoy sobreviven los nombres de los cuatro últimos meses del antiguo calendario: septiembre, octubre, noviembre y diciembre, que son las menciones numéricas latinas para los meses: séptimo, octavo, noveno y décimo. En el año 45 a.C. el emperador Julio César quiso perfeccionar el arcaico calendario lunar y confió la tarea a un astrónomo de Alejandría. El sabio Sosígenes hizo una adaptación del calendario egipcio y se instituyó el año de 365 días, ajustado por años bisiestos, como lo habían propuesto los astrónomos egipcios dos siglos antes. Este calendario era estrictamente solar y sus meses tenían 30 ó 31 días y, como ahora, febrero era la excepción, con 29 días normalmente y 30 en los años bisiestos. Los nombres de los meses fueron los mismos que antes, excepto dos: el Quintilis, que en honor a Julio César fue llamado Iulius; y Sextilis, que en el año 8 antes de nuestra era se denominó Augustus en honor del emperador.
El calendario juliano se empleó en Occidente algo más de mil años, aunque después de la variación de Julio César se le hicieron algunos innovaciones menores. Dionisio el Pequeño, abad de un convento de Roma, trasladó el año nuevo del 1 de enero al 25 de marzo. Asimismo, precisó el 25 de diciembre como fecha de la Navidad e inició la práctica de encabezar los sucesos a partir del nacimiento de Cristo.
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